Ellos de la mano

He de decir que una de mis aficiones favoritas es observar a la gente. Cuando paseo por la calle, en una terraza o viajando en el metro. No lo puedo evitar…

Pero que quede claro que lo hago de una manera discreta, cómo un mero espectador. ¡No me toméis por una mirona descarada!Imagino sus vidas, les analizo. De unos me llama la atención su ropa, el pelo o los tatuajes. De otros sus gestos, miradas o manera de caminar. Hay gente que desprenden “algo” que se contagia. Yo le llamo good vibrations.

A veces te cruzas con alguien observador cómo tu. Entonces durante unos se produce la magia. Son solo unos segundos. Un cruce de miradas, un gesto y una pequeña sonrisa. En ese momento conectas con un auténtico desconocido y se produce la magia de las buenas sensaciones. Me gusta cuando te llega lo mejor de la gente. Su auténtica belleza.

 

La otra tarde disfruté de unos de esos momentos, observando una pareja de enamorados. Pero a la vez, recibí las peores de las sensaciones de la gente de mi alrededor. ¿Curioso, no?

Hay gente que tiene tantos prejuicios, que no es capaz de disfrutar de la belleza que les rodea. ¡Pobres ellos!

 

La otra tarde pasee por mi barrio como si tuviera 15 años y estuviera andando de la mano de mi chico. Vi y sentí lo que siente una pareja de dos chicos homosexuales libres y felices. Me contagié de esas “good vibrations” que desprendían. Pero también me sentí protagonista de las miradas de desaprobación, comentarios y hasta gestos descarados sin ningún tipo de discreción.

Caminando de la mano de mis hijas, hicimos el mismo recorrido. 400 metros que me sirvieron para disfrutar y contagiarme de su espontaneidad y frescura. Pero también para enfadarme con mis vecinos y sus mentes tristes y retrógradas.

Ellos no caminaban, más bien levitaban o bailaban con sus Vans gastadas. De la mano, sonriendo, regalándose miradas y besos. Derrochando esa felicidad de los primeros amores. ¡Eran todo un espectáculo! ¿cómo no les íbamos a mirar?

 

Unos señores bebiendo la sexta cerveza en la terraza del bar, se les atragantó la cebada al verlos pasar. Las señoras que pasan las tardes fijas en un banco de la esquina, se dieron golpes de codos y encontraron el tema más interesante para hablar toda la tarde.

Un grupo de chicas adolescentes que nos cruzamos, intercambiaron cuchicheos y risas nerviosas. Una mujer como yo que iba con sus dos hijos, caminaba sustraída de todo atendiendo a su hijo pequeño. Pero cuando levantó la vista y se los cruzó, se quedó inmovilizada con gesto sorprendido durante bastante rato. Mi mirada le hizo reaccionar y seguir con lo suyo.

Así que durante un momento sentí admiración por esos dos chicos que iban de la mano. Pero por otro lado sentí la indignación de ver que una parte de la sociedad sigue siendo arcaica, intolerante y homófoba. Triste de ver gente joven con maneras de pensar más propias de tiempos pasados que del siglo XXI.

Este texto lo podría haber escrito dedicado a reflexionar sobre la sociedad intolerante y la falta de educación en diversidad. Pero prefiero dedicárselo a esos chicos y a todos los que viven y se muestran libremente cómo son.

Por favor, más besos y paseos de la mano en público.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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